Jueves 17 de octubre de 2019  

Una historia alrededor de la AMIA

miércoles, julio 18, 2018
Por Carlos Allo
Clásica, impecable en el tratamiento por el atentado a la AMIA

Clásica, impecable en el tratamiento por el atentado a la AMIA

Cuando el país se enteró de que la explosión que escuché en mi casa, en el barrio de San Cristóbal, era una bestial bomba que había hecho volar el edificio de la AMIA en la calle Pasteur, estaba desayunando y preparándome para ir a tomar mi turno de locución en Radio Clásica. Recordaba lo ocurrido dos años antes, con la bomba en la Embajada de Israel. En aquél, que fue el primero de los grandes infiernos terroristas de Buenos Aires, me acerqué casi de inmediato por si era necesario aportar alguna colaboración al mando de los bomberos, cosa que -naturalmente- no era lo protocolarmente necesario.

Ese 18 de julio del ’94 viajé en taxi, me bajé en Av de Mayo y Perú y luego caminé hasta Diagonal y Florida. Buena parte de las personas que me crucé tenían incorporados gestos que sellaban la adversidad: una mano en la cabeza, rostros desencajados en el diálogo con sus interlocutores, una chica que repetía la frase “Otra vez!” con un tono de angustiosa resignación y otras varias muestras humanas que daban prueba de que la vida porteña estaba interrumpida por la muerte.

Cuando ingresé a la radio, minutos antes de las 13.00, mi colega antecesora en el turno, Sofía Úrsula, me dejó a la vista algunos de los papeles con la información que ya había emitido y la que aún no se había dicho a la aire. Esa tarde, me hice cargo de la transmisión sabiendo que podríamos llegar a interrumpir la programación habitual de música en muchas oportunidades. Y así fue. Lo más importante pasó por recordar al -lógicamente- reducidísimo público que eligiera quedarse con nosotros en una jornada tan nefasta, qué nombres surgían de una triste lista de víctimas que cambiaba minuto a minuto en un improvisado centro de prensa establecido en una institución de la calle Riobamba.

Fue una tarde atípica. Para todos. Incluso para una emisora habitualmente dedicada a la música. Dedicamos no menos de 18 momentos de la transmisión de la tarde para mantener actualizada la información referida a los efectos del atentado. Cuando me retiré, sabía que se vendría una noche con transmisión televisiva en directo desde el lugar, los pedidos de silencio para tratar de escuchar a posibles víctimas atrapadas y otras tantas complejas cuestiones por la que ya habíamos pasado en 1992.

Un día de agosto del 94, a Radio Clásica llega una grabación tomada del programa matutino de Radio Del Plata, conducido por José Ricardo Eliaschev. Se alcanza a escuchar un tono de indignación en la voz del periodista cuando cuenta una historia en la que -aparentemente- aquel 18 de julio, había llamado por teléfono a un amigo personal -judío, según aclaró- para intercambiar impresiones acerca del lamentable suceso de ese día. Según relata Eliaschev en su programa, la voz de su amigo no demostraba ningún signo de la circunstancia que el país estaba viviendo, por lo que el conductor le preguntó si estaba enterado de lo que había sucedido en esa mañana, a lo que su amigo respondió -siempre, según el decir del periodista- que no estaba enterado de nada, ya que estaba escuchando Radio Clásica. Lo que siguió fue una chorrera de falacias por parte del -por muchos- bien recordado periodista, entre las que se destacaron las frases: “… Radio Clásica no tuvo la suficiente cintura periodística como para enfrentar los hechos de un día tan trágico”  y “… nunca más voy a escuchar esa emisora”.

Esperé tres años. El 17 de julio de 1997, en la víspera del tercer aniversario del atentado, preparé un editorial para emitir a las 18.00, por Radio Clásica, FM 97.5 Buenos Aires. Para que quede registro pedí que se grabara mi lectura. De ella, también se destacan dos frases: “… el señor Eliaschev mintió, parado sobre 86* muertos…” y “… tiempo después del episodio, Eliaschev recorría las instalaciones de Radio Clásica, integrando una comitiva empresaria con la intención de comprarla. Estoy muy contento de que ello no haya sucedido”.

Aquel 17 de julio de 1997, recibí -sorprendentemente- en la radio, más de cincuenta llamadas de personas que, no sólo recordaban el cambio de perfil de nuestra transmisión, tres años antes, sino que se mostraban satisfechos del desenmascaramiento al que estaban asistiendo frente a sus receptores de FM. Entre esas llamadas, algunas autoridades de entidades de la comunidad judía me hicieron conocer una interna que no vio la luz hasta la muerte del fiscal Alberto Nisman, ocurrida exactamente dos meses después de la de Eliaschev.

El paso de los años hizo que el destacado conductor, cada 18 de julio -incluso el último que él vivió, en 2014- cuando se cumplieron 20 años del ataque a la sociedad civil más grande que haya sufrido la Argentina, trabajara para hacer crecer cada vez más su palabra en todos los aspectos y ámbitos referidos al atentado a la AMIA, especialmente en cuanto a los vaivenes de la justicia en la investigación. Mezclados con quienes lo querían, ya que Pepe era un hombre influyente entre las autoridades de los diferentes medios, hubo críticos que lo señalaban de sobreactuar los reclamos de celeridad a la justicia por la continuidad de la investigación. Independientemente de esos observadores (Roberto C. Neira, el más agudo) el que suscribe tuvo la esperada oportunidad de estar cara a cara con Eliaschev para tratar esta profunda molestia personal con origen en una declaración pública que me involucró negativa y erróneamente. Me reservo lo sucedido en tal circunstancia, en nombre del respeto que le tuve a Eliaschev antes de que mintiera acerca de mí.

Muchas veces, ciertos comunicadores, faltos del conocimiento sensible y profundo que se requiere para acertar plenamente en el criterio y el trato que se debe tener frente a colegas, pierden la medida cuando se trata de sostener el criterio que ellos creen el necesario para sostener alguno de los andamios de su nivel de vida, de su status, de su prestigio o de su atractivo frente a los demás. Hay hechos fuertes que afectan la historia de los países y a toda su sociedad. Y es inevitable que, si alguien se erige como dueño de los derechos exclusivos del dolor por los muertos de un acto terrorista, con un altísimo nivel de egocentrismo y soberbia, estará causando una nueva herida en la sociedad, aparte de la inevitable cosecha de enemigos que tal actitud conlleva. Naturalmente, hace 24 años quedé enrolado entre éstos últimos.

*Hoy, se conoce que el número exacto de los fallecidos en el atentado es de 85.


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