Jueves 15 de noviembre de 2018  

Acerca de las propinas

Viernes, marzo 30, 2018
Por Carlos Allo
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Son muchos los factores que se combinan para establecer un valor de propina.

La costumbre sigue vigente en los restaurantes y bares de Buenos Aires, de los que se espera recuperen su impronta de servicio impecable, envidiable y atractivo. De todos modos, antes de hacerle el juego a los cientos de medios de comunicación que se jactan de tener la verdad acerca del porcentual que hay que dejar de propina en un restaurante o un bar y mover la cabeza  como los Nodding Dogs diciendo que sí a cualquier ridícula postura acerca del tema, aclaramos que estamos en desacuerdo absoluto en el considerar que debe existir un estándar por tal cuestión y que se trata de un tema delicado a la hora de considerar la valoración que se debe establecer cuando un ser humano le ofrece un servicio a otro, lo que dicho de otro modo y sin cambiar el concepto, “le sirve”, es decir, cumple, a cambio de un pago determinado, una función temporal de servidumbre voluntaria.

El llamado “Sector Terciario” de la Economía de todos los países del mundo hace referencia a todo lo que significa “servicio”, es decir, las actividades que se precipitan en la sociedad y que no conforman los sectores productivos principales, el primario (toda la actividad rural) y el secundario (manufacturas e industria). Este aludido sector de servicios es el que siempre es observado como el menos necesario y el que más complica la vida económica del mundo (de hecho, en el mismísimo momento en que el suscrito enfrenta la PC para volcar todos estos conceptos, tiene clarísimo que pertenece a este sector “parásito”).

El reinado del “Sector Terciario” lo detentan los bancos. Detrás de ellos, haciendo una lista rápida aparecemos todos:  Comercio, finanzas, seguros, bolsa, educación, sanidad y servicios públicos del Estao y privados, administración de empresas, publicidad, contadores, abogados, asesoramiento tecnológico y de inversiones, todas la áreas de la Función y la administración pública, la representación política y los servicios a la comunidad, las ONGs, la seguridad y defensa, Fuerzas Armadas, Policías, defensa civil, bomberos, jueces, abogados, escribanías. Incluimos entonces Hotelería, turismo y gastronomía, Artes, Actividades culturales, deportes y los espectáculos, industrias audiovisuales, industria musical y cinematográfica, videojuegos, industria editorial . Y podemos incluir Transporte, Correos y Comunicaciones, Medios de comunicación, periodismo escrito, radio y televisión, Telecomunicaciones, telefonía, informática e Internet. Para lo último dejamos los servicios personales, que vam desde toda la gama de actividades paramédicas hasta estética, peluquería y masaje.

Vistos prácticamente todos los grandes bloques del servicio terciario y apurando el paso en la idea de la propina, pocos se pueden imaginar un pago de propina a un cajero de un banco por haberle tramitado un depósito con una sonrisa. Del mismo modo resulta inimaginable estar calculando una propina a quien nos está haciendo una gestión por la patente de un vehículo. ¿Una propina al abogado de oficio que toma el caso de un crimen? ¿y propina al motorman del Subte, acaso? No, definitivamente hay actividades del sector de servicios por las que no existe posibilidad alguna de plantear una entrega de dinero extra a su trabajo, por lo menos como costumbre social.

La gastronomía está al frente de las actividades por las que se ascotumbra a dejar propina: mozos, camareras, botones de hoteles, mucamas, valet parking, incluso cocineros y lavandería. Ahora, ¿qué es lo que nos hace encontrar en forma tan especial  las actividades que, entendemos, ameritan que metamos la mano en el bolsillo y agreguemos al precio previamente pactado? Aquí aparecen como posibles “beneficiarios” los últimos de nuestra improvisada lista y algunos otros: coiffeurs y encargadas de lavar el cabello, masajistas, planchadoras, asadores y artistas varios “a la gorra”.

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En Tucson, Arizona, no tienen prurito alguno de establecer un 18,42% de propina por escrito

El valor que la mayoría suele poner a consideración oscila entre un 3 y un 15% (o más) de los que se abona por factura. Este es un tema muy complejo debido a que cualquiera sale rápidamente a pegar el grito que lo pinta de cuerpo entero como un verdadero juez de la actitud del trabajador: “se lo tiene que ganar” o “la propina hay que merecerla”, se suele escuchar. En realidad, esta posición deja sobre la pista un tufillo a cinismo de piojo resucitado. Es muchas veces observable que circunstancias ajenas al personal (como la sobrecarga de clientes, ruidos y factores varios de distracción o generación de demoras) hagan que no seamos atendidos como los mejores días. A favor de estos “duros” se puede alegar que existen mozos y camareras ―comúnmente  muy jóvenes― que no parecen tener demasiada vocación como para atender de tal modo que despierten en el cliente demasiada convicción como para soltar unos pesitos al retirarse.

Esto se repite en forma fluctuante y de vaivén en todas la actividades en las que, se conoce, hay propina latente. Por supuesto, hay profesionales tan impecables que despiertan la generosidad al instante y repetitivamente an cada oportunidad en que los mismos clientes visitan el establecimiento.

Aquí nos detenemos a dejar una consideración muy clara y en contra de una gran cantidad de personas que consumen gastronomía, peluquería, hotelería, taxis y cualquier servicio en el que las propinas puedan ser una muestra de aprobación a la atención dispensada. Existen quienes, sin previo aviso y sin parámetros, “suben el nivel de exigencia” en nombre de varios motivos desacertados: “estuve en Nueva York y en París y sé cómo hay que atender a un cliente”. Otro: “¿por qué tiene que anotar? un buen profesional recuerda todos los platos que se piden en una mesa”. y hay más ejemplos que enarbola cierta gente poco dispuesta a recorrer un terreno que la deposite en el momento de entregar una propina decorosa.

Se podría recorrer este asunto a través de un libro entero. No obstante nosotros no escribiríamos tanto por algo que no abarca tanta jerarquía. Sí, en cambio, tiene jerarquía el trabajador, a quien jamás hay que demostrarle ningún aire de superioridad y menos aún ninguna observación o actitud que trasponga la barrera del respeto y la apreciación personal. Y menos que menos aún, si se está dispuesto a no dejar nada de propina o un valor insignificante.

La propina se deja casi siempre en actividades en las que el servicio ha dejado en el cliente una importante satisfacción personal. El placer de la atención recibida hace de vara de medición principal para establecer valores o porcentuales suplementarios a lo que se no ha facturado. Es así, que en los restaurantes, altísimos generadores de endorfinas, los mozos y camareras se hacen acreedores (a favor de todo el personal de la casa) de las recaudaciones por propina más importantes que se conocen.

Sin embargo, existe un servicio que suele recibir propinas y nada de lo placentero de una cena con vinos caros se pone en juego con estas profesionales: las enfermeras. Cuando una enfermera demuestra un nivel de atención significativo para con un familiar o un ser querido, muchas personas suelen ser generosas con los bolsillos de sus guardapolvos. Y vale la pena.

Y como toda regla se nutre de una excepción, encontramos en las azafatas la versión no recomplensable con dinero extra, a pesar de tratarse de una atención que genera placer, libera endorfinas y ofrece esa gama importante de tips por los cuales, muchas veces, los cazadores de “méritos” que se exigen para entregar una gratificación extra, los encuentran; pero deben enfrentarse a una normativa protocolar que los llevará a entender tarde, cuando ya hayan pasado el papelón, que a las azafatas no se les debe entregar propinas. Yahoo tiene publicado un interesante artículo al respecto.

Nunca dejes en propina un dinero del  que no puedas o no deberías desprenderte y nunca escatimes para la propina un dinero que no se hace notar en tu bolsillo.


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