Viernes 25 de mayo de 2018    

La despedida de una Era

Sábado, septiembre 5, 2015
Por Carlos Allo

suigenerisLlegamos al punto de encuentro en el colectivo 126. Fue inmediatamente después de haber finalizado la hora del almuerzo. Lo único necesario fue preguntar cuál era la fila para la platea. Dos de los cuatro que íbamos a sentarnos juntos nos habíamos adelantado y estábamos intentando asegurarnos una posición aceptable. El acceso al Luna Park, por el que nos correspondía pasar en unas horas, era la del centro de la cuadra de la calle Bouchard y habíamos conseguido sentarnos a pocos metros de la ochava de Bouchard y Lavalle. Ibamos a pasar allí, horas inolvidables y algo de eso podíamos intuir.

Instalarnos en las inmediaciones del Luna a la espera de que se haga la hora del comienzo de un recital (esa era la palabra correcta y ni mínimamente se le llamaba concierto) no era un capricho, ni un deseo de hacer sociales: sencillamente la platea no era numerada.

Era el 5 de septiembre de 1975 a las 3 de la tarde. Esa mañana de viernes fue inolvidablemente extraña en el Instituto Santa Catalina, de Brasil y Piedras, en Cosntitución. Puedo contar con los dedos de la mano a aquellos compañeros -de 1º a 5º año- con quienes, sabiendo lo que sucedería esa noche, cruzamos nuestro brillo de ojos en las miradas. La parte rara, era la inmensa cantidad del alumnado (podría asegurar bajo juramento que más del 90%) que no sólo no estaba interesado en la despedida de Sui Generis, sino que gran parte de esa mayoría no tenía mayor conocimiento, no sólo de ese grupo, sino de ningún artista de la música progresiva, llamada luego Música Nacional Contemporánea.

Claramente, ser rockero era molesto, para casi todos era aburrido y, lo más importante, en el ambiente de los rockeros no se accedía a la posibilidades de levante de minitas que se le abrían a un chico de entonces, si se hacía socio de un club como GEBA (Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires) u otros “socialmente bien vistos”. Pues bien, yo no iba a conseguir, aquel viernes 5 de septiembre, mucho curioso por mi noche de Luna Park.

Pero volvamos a las veredas del legendario palacio de los deportes. El avance de la tarde anticipaba un encuentro juvenil como quizás nunca antes se hubiese producido en la Argentina. Si bien mi imagen física no delataban tanto mis 14 años recién cumplidos, comienza a producurse una situación in crescendo, imposible de manejar para quien no está preparado a mostrar, que más no sea, algo de autoridad o capacidad de disuación: se colaban, y muchos. Venían a conversar con quienes estaban delante de nosotros y se quedaban… qué vacé.

A la hora de abrir las puertas, mis amigos Fernando, Robertito, Oscar y yo, entradas en mano, no podíamos soñar con ver a Charlie (sí, así se identificaba y no “Charly”) y Nito en la primera fila. Pero el resultado no fue tan malo: conseguimos ubicarnos, los cuatro, en Fila 4. La locura del acceso a la platea está espectacularmente documentada en una escena a cámara lenta de la legendaria Adiós Sui Géneris de Bebe Kamin: Una vez que pasábamos el control de la entrada, todo era un descontrol y cada uno que accedía se ubicaba lo más cerca posible del escenario o donde quisiera o pudiera. Y estamos hablando de la platea, con sus asientos, que varios años más tarde con el Rock Nacional instituído, atravesó su etapa de la insólita “platea sin butacas”, un antecedente del uso del césped en los estadios mayores, como Ríver y Vélez.

Pertenecer, por entonces, no tenía ningún privilegio. La represión estaba a la vuelta de la esquina para cualquier expresión que denotara inclinaciones culturales, artísticas o de pensamientos demasiado mimosos con las libertades todas. Está de más aclarar que una sensible porción del público que despidió al grupo que más creaciones aportó a los encuentros juveniles informales en la Argentina, era parte de aquella juventud que, en ciertos ámbitos, temerosos de perder su supremacía al frente del establishment, la consideraban “peligrosa”. El orgullo de saber que los tuvimos codo a codo en aquella fiesta, nos hace, una vez más, pertenecer. Y ese privilegio ya no podrá ser violado.

El lunes 8 de septiembre de 1975 fue un día común en el Instituto Santa Catalina. La mayoría de los alumnos hablaba de la carrera que consagró a Niki Lauda Campeón Mundial de Fórmula 1. Pero había ojos que aún entrecruzaban sus brillos, como el viernes, pero ahora dueños de un recuerdo de leche y miel en copas de oro y rubí. Muchos de los demás, cuando, al paso del tiempo cayeron en la cuenta de que la vida bombardeada por las rutinas adolescentes de repetición, los llevó a distraerse de uno de los trenes que paró frente a la estación de lo mejor de sus vidas y no subieron por la efímera fascinación que les daba ver pasar un avión por el cielo de su patio, a veces, nos preguntan cómo fue que nos enteramos de que aquello iba a suceder. ¿Cómo explicarlo sin herir?


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