Martes 18 de diciembre de 2018  

Coordinación Federal, un piso más en los infiernos del Dante

domingo, julio 22, 2018
Por Marcelo Zanotti

Se los llamaba “Cordinetas”. Eran, sin lugar a la más mínima duda, los hombres que más poder se atribuyeron en las calles de la Ciudad de Buenos Aires, incluyendo la asquerosa actitud de adueñarse de los derechos de ciudadanía de quienes tenían enfrente y una que los hacía superlativamente aborrecibles: se sentían controladores de la posible supervivencia o no de un detenido. Identificarlos como porciones de mierda, no alcanza a ser una descripción lo suficientemente acorde con su ultrabajeza.

Dominaban la Ciudad de Buenos Aires y la recorrían con auténtica “Licencia Bond”. No era necesario que, al encontrarse con cualquier persona -especialmente, jóvenes, eventuales presas por las que se babeaban generando la ensordecedora percusión del destrabe de sus cobardes armas- fueran militante de alguna agrupación política que pudiese significar la expansión del cáncer que corrompería el sistema al que ellos respondían como fieles esclavos autómatas: con que fueran pelilargos y con rasgos de sentirse atractivos por algunas de las pautas que en los 70s implicaban estar del lados de algunas libertades, estos machotes con itaka y mariquitas cuando estaban desarmados,  eran capaces de atacar a un ciudadano veinteañero, universitario u obrero y llegar hasta cualquier consecuencia criminal, llevarse la medalla del “me cargué uno” y luego contar su hazaña a sus estercólicos compañeros.

Osmar Lecumberry (1958 – 2006) fotógrafo free lance en los últimos años de su vida, fue atrapado por una manada de marinos infrahumanos identificada como Grupo de tareas, a fines de 1978. Osmar era un chico amante del rock, que acostumbraba agarrar una guitarra en casa de sus amigos y tocar algunos riffs que había aprendido de su “primo” Carlos (el vínculo no era sanguíneo pero a ambos les compacía identificarse como parientes). Carlos era (de verdad), primo de Daniel Echeverría, quien cayó en la redada con Osmar en la calle 24 de noviembre, aquella fatídica madrugada del 18 de noviembre.

Lecumberry fue uno de los pocos casos de desaparecidos reaparecidos. Fue liberado de la ESMA en marzo de 1980. Nada de acomodos con militares amigos, nada de cercanía con empresarios que triangularan tal gestión, ninguna de las lógicas estrategias de recursos para obtener su libertad por parte de sus allegados. Su madre, no tenía ni noción de lo que estaba sucediendo con la persecución de militantes en el país, del mismo modo en que la inmensa mayoría de los argentinos se encontraba en ese desconocimiento, cuando su hijo se ausentó dela noche a la mañana de su vivienda de la calle Rincón y Alsina. Osmar fue liberado por una combinación de circunstancias múltiples que jugaron, muy enhorabuena, a su favor, y por las que ya no es válido especular, ya que todos los detenidos desaparecidos de la Argentina debieron haber sido puestos en libertad como Lecumberry pero no corrieron la misma suerte.

El tema es que Osmar Alberto Lecumberry los conoció de cerca, los trató, en gran medida convivió con muchos de ellos y les captó, primero,  sus manías y, luego, algunas de sus vulnerabilidades. Eran -al despojarse de sus armas y sus corazas- altamente inseguros, ignorantes, titubeantes, desorganizados y olvidadizos. Buena parte de los contravalores que Osmar les observaba, no se condecían con la personalidad que se pretende forjar en cualquier oficial de las Fuerzas Armadas.

Lecumberry trabajaba como empleado de ventas en una tienda de indumentaria de la Av. Corrientes, en el barrio del Once y sus “viejos amigos” lo iban a “visitar”. Lo hicieron desde el principio de etapa de libertad, siempre dejándole en claro que lo vivido por él debía quedar diluído en su lengua antes de intentar hacer algún tipo de declaración pública que los perjudicara en su objetivo hipócrita de impunidad. Sin embargo, las burlescas miradas de Osmar Lecumberry acerca de la personalidad de sus secuestradores con chapa del Estado Nacional, quedaron confirmadas y a la vista de varias personas, cuando, a principios de 1984, la visita que recibió cambió notablemente de tenor: la misma soberbia de siempre pero con agregadito: “…Mirá que tengo pibes chicos, eh!”. Algunas veces, (no demasiadas) encuentro que insultar a algunas personas, no cubre la necesidad de descarga personal ni decribe al susodicho como verdaderamente se merece. Tal el caso.

Los marineritos que se llevaron a Lecumberry y los policías que mataron a los tres militantes en Coordinación Federal, allá en Flores respondían -cada uno en su puesto- a mandos diferentes que perseguína un mismo plan y por el que estas ratitas de experimento, respondían a sangre y fuego sin la más mínima capacidad de comprender por qué lo hacían, ya que sólo tomaban a consideración el sueldito les deparaba llevar un uniforme, de tal manera que, si había que matar a compatriotas por cuestiones ideológicas, ya que eran simpatizantes de guerrilleros, pues, se los mataba. Y si enganchábamos amigos de ellos, pues quévacé, señora, le tengo que matar a su hijo por sus malas companías y peligrosas influencias.

La mayoría del soretaje que puso la mano de obra criminal en los tiempos en que el Estado se transformó en criminal, zafaron por una ley que evitó que se los juzgara. Sin embargo y afortunadamente, una inmensa cantidad de estos autómatas -inservibles para cualquier trabajo productivo- pudo caer en manos de la justicia por casos especiales (la apropiación de bebés) o por buenas gestiones jurídicas.

 


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