Sábado 16 de Diciembre de 2017    

La Buenos Aires de Victoria Ocampo

Miércoles, noviembre 29, 2017
Por Redacción Diario 5
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La Avenida de Mayo “divisora” de dos ciudades, según Victoria Ocampo

Texto de Victoria Oampo en estreno para internet, a través de Diario 5. 

Se trata de su carta a Alberto Salas, de 1925.

En este racconto de racconto, Victoria Ocampo muestra un otrora y un presente, que ha pasado hoy a ser un otrora. Se trata del detalle del terreno de Lavalle 777, que tras la Fundación de  buenos Aires fue un terreno cedido por Juan de Garay a una familia guaraní, que derivó en una próspera chacra de la familia Ximenez de Mesa, hasta ser la casa del abuelo, como lo indica Vicky, el cine Ambassador, tal como lo conocimos, que hoy es una “mini-saladita” que ya tuvo sus buenos cimbrnazos judiciales y que -no cabe ninguna duda- en el futuro seguirá presentando alternativas. Vamos con la editora de Revista Sur.

Las dos ciudades divididas por la Avenida de Mayo tenían también dos caras y significaban dos cosas para mí. Las dos ofrecían su encanto. En Florida, Viamonte, Lavalle, Tucumán vivía la familia de mí padre. Del otro lado, en la “rive gauche” de lo que entonces parecía un inmenso Río-Avenida, vivían los parientes de mi madre. Las casas eran diferentes. Me gustaban, o disgustaban, por sus distintas características. Tanto en Lavalle como en Perú (cuando nací, mi abuela ya se había mudado de México, hoyla SADE), los viejos tomaban mate, con bombilla naturalmente. Al decir viejos me refiero a mi abuelo (muy de campo) y a un tío abuelo (ídem). Pero en Perú había siempre pan criollo que nos deleitaba. Este pan era considerado indigesto para los estómagos infantiles en las casas de la “rive droite”. Detalles como el que señalo eran índices de leves variantes entre el criterio de las dos familias (. .. )

¿Y el tango’ Lo que me llegó del tango, al comienzo, pasó a través de un tamiz, como muchas otras cosas. Su melodía siempre quejumbrosa y su ritmo pausado, como arrastrado, no me atraían. Menos aún el énfasis llorón y la sentimentalidad barata de las letras. Sólo me gustó, y mucho, cuando empecé a bailarlo. Como baile, descubrí su carácter inimitablemente argentino. En el buen y en el mal sentido. Pero tardé en conocerlo bajo ese aspecto. El tango no se bailaba en los “salones” porteños, ni entre las adolescentes de la clase hoy vilipendiada. Lo ví bailar por primera vez (¡oh profanación!) en la casa de mi abuelo (el del mate), Lavalle 777 (hoy cine Ambassador).

El caserón con patios y magnolias en el del fondo era invadido, periódicamente, por 32 nietos turbulentos, de varias edades. Esto permitía, felizmente, dividirlos en tandas (los de quince para arriba, los de quince para abajo) y una vez por semana se presentaba uno de los dos grupos a almorzar o comer con los abuelos. El nieto mayor se ennovió. Era gran bailarín de tango, fuera del hogar paterno, y un día, tomando las máximas precauciones para no ser “pescado”, nos deslumbró al bailar un tango con su novia. Nos encerramos en una salita de Lavalle (centro de la platea del Ambassador actualmente) poco frecuentada por los mayores. La pareja (él y ella eran ejemplares excepcionales de belleza juvenil) bailó cara contra cara en medio de un silencio casi religioso. Ésta fue mí primera visión del tango y no comprendí por qué nos prohibían un baile tan solemne.

Años pasaron y llegó la época en que todos los jueves, lloviera o tronara, entraba a casa, seguido por sus acompañantes, el Pibe dela Paternal(Fresedo). Se bailaba tango la tarde entera. Los campeones de estas memorables jornadas eran Ricardo Güiraldes (sin más celebridad que la que nosotros, sus amigos, sospechábamos que alcanzaría a tener) y Vicente Madero. Este último era un genio en la materia y no creo que nadie haya podido superarlo. Cuando caminaba el tango, todo su cuerpo, al parecer inmóvil, seguía elásticamente el ritmo, lo vivía, lo comunicaba a su compañera que, contagiada, obedecía a ese perfecto y acompasado andar. Poco importaba entonces que las palabras de aquellos tangos fueran dramáticamente sentimentaloides. Estaban redimidas por bailarines tan perfectos como Vicente y Ricardo.

Percanta que me amuraste..

Romántico bulincito …

etc., etc., etc.


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