Domingo 19 de Noviembre de 2017    

La verdad sobre la repetición de canciones en las radios

Domingo, noviembre 12, 2017
Por Carlos Allo
Imaginemos este collage repetido hasta el cansancio

Imaginemos este collage repetido hasta el cansancio

El entrevistado es un locutor peruano, y el periodista que pregunta representa al diario La República, de la Ciudad de Lima. Se trata de un conductor de la una popular emisora de FM, dedicada a los mal llamados “clásicos” de la música pop de décadas pasadas. Es lo que en Buenos Aires hacen Aspen y, lamentablemente, centenares de radios más en cada ciudad y cada pueblo de la Argentina.

La opinión va a ser clara: en su momento y oportunidad, específicamente, cuando estas canciones eran nuevas, he estado del lado de considerar que los temas pop que se emitían en FM Del Plata y Horizonte, en Buenos Aires, o FM Universo en Mar del Plata y tantas emisoras gemelizadas en el país, no eran otra cosa que relajitos comerciales, algunos menos aceptables que otros, aunque todos presentados con un audio que en los ’80 “uniformó” el nervio auditivo de los adolescentes: el “wall of sound”, “creado” por Phil Spector.

Ese público, que no sólo incluía a adolescentes, jamás se interesó en ninguna música más que aquella en la que al cerebro le queda todo servidito: una canción de fórmula, con estribillo explosivo de notas largas, una batería con el patch 22 de la Alesis Digital Reverb (una caverna, directamente), un bajo ronquito, algo metálico y funky (con reverberación media, sonido realmente sensacional) y un teclado “colchonero” con seteos sonoros de moda que, aunque digitales, hoy vetustos (caso el Brass 2 del inolvidable Yamaha DX7).

Ese público jamás supo -ni tuvo obligación, obviamente- de ninguna banda de rock sinfónico, de ningún instrumentista de ninguno de los subgéneros del jazz, ni swing y menos, de be-bop, miró de lejos toda expresión musical étnica (hubo quien dijo por radio que Peter Gabriel “se volvió loco”, cuando grabó Passion, una genialidad que no servía para esas radios facilistas). Eran personas que podían conocer las grandes piezas de Astor Piazzolla por novelas o cortinas radiales, aunque lo consideraban un músico que “discutía” cuestiones de tango “con otros viejos”. Y sólo podrían bancarse algún pasaje de una sinfonía o de una obra lírica, si era vox populi lo genial que quedaba en una escena impactante de Hollywood.

La repetición hasta el hastío es tan nociva en la música como en la alimentación. Es revelador lo que se puede percibir en el libro recientemente declarado de Interés Cultural para la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, “El Fin de la Cocina”, de Manuel Corral Vide, cuando deja al descubierto el plan de las grandes marcas de la industria alimenticia internacional, de “uniformar” (otra vez la palabrita) lo que ellos quieren que comamos. Graciosamente, existe otro grupete de poder, con el mismo nivel de simpatía, que nos señala el contenido sonoro de los auriculares para cada celular, la forma más empleada para escuchar “algo”, hoy.

Y justamente hoy, no sólo todas esas sobrevaloradas canciones han ganado prestigio, sino que, desde los sellos discográficos -al conseguir globalizar los gustos juveniles- el exitoso efecto estupidizante de imponer a un pequeño puñado de reggaetoneros, hace que aquellos viejos formuleros, como Brian Addams, REO Speedwagon o Richard Marx parezcan extraordinarios. No es que fuesen malos temas pero, por un lado, nos taladran -a través de las décadas- con las mismas canciones, con la excusa de que son “clásicos”, mientras, por otro, nos quieren hacer creer que la vagancia imperante en las gerencias artísticas de las radios, que jamás renuevan los archivos .mp3 de sus discos rígidos es, en realidad, una estrategia comercial. La falsedad es grande, ya que en la actualidad, se conoce que los sellos ya no pagan un centavo por la difusión de aquellas canciones, ya que han conseguido que millones de radios y radiecitas en todo el planeta les pase siempre la misma musiquita gratis.

Claro que todo es efecto de la posibilidad que brindó la incorporación de la PC en las emisoras, la automatización de funciones y la carga de material musical. El problema es que por muy ilimitada que sea la capacidad que dispongan los discos rígidos que se carguen con item en .mp3, sucede siempre que ese material comienza a rotar. Las radios que tienen -realmente- muchos temas en su base digital, rotan la totalidad de sus archivos luego de 60 días. La verdad es que son muy pocas las emisoras que hacen eso. La mayoría está repitiendo sus canciones en dos días, en uno o, incluso, en el mismo día. ¿Por qué se puede caer tan bajo? Porque no existe el oyente que tenga el poder suficiente para que, con un buen reto, los haga reaccionar en el departamento de musicalización, producción general o como se llame el responsable, donde, habitual y generalmente, se trata de equipos de “trabajo” en los que se jactan de ser los grandes factotum de la radiofonía, que nació, renació o se revolucionó cuando llegaron ellos. El resultado siempre es el afianzamiento con singular firmeza en el pantano de la mediocridad más lacerante.

– ¿Sabe?, yo al principio me enganché con Radio Mágica…
– Ah, ¿sí?

– Pero cuando comenzaron a repetir los mismos temas cinco veces al día…
– Todas las radios repiten las canciones. Dígame una que no lo haga…

– ¿Doble Nueve?
– ¡Pero esa no es radio comercial!

– ¿En los años 60, cuando usted locutaba en Radio Atalaya, era igual?
– ¡Peor! Teníamos nomás las Top 40 que eran nuevas y poníamos algo de música del recuerdo.

Quien responde justifica tres de los ítem indicados en esta primera parte de un ensayo experimental que revela con qué facilidad se vinculan medios dañinos y público dócil: el primero (“todas las radios repiten canciones“) se saca la responsabilidad de encima de intentar ofrecer a su público algo mejor, ya que todos ofrecen algo malo.

El segundo, (“-pero esa no es una radio comercial!“) presupone que la única manera de ganar dinero con una antena que emite para que otros reciban, es ofrecer siempre las mismas canciones, lo que equivale a considerar que si el público es tonto y me sigue sintonizando, el problema no es mío. Finalmente, la justificación de seguir haciendo hoy, lo que desde lo años 60 este locutor decía ya hacer: se dedicaba a enunciar por radio las listas de canciones que, por supuesto, eran pagas.

Nada se le reprocha en forma personal a Freddie Morales, el entrevistado, ni a ningún locutor (colega) puesto a realizar su trabajo. De hecho, la carrera de Morales es un ejemplo en el Perú y en toda América. Aquí paso del otro lado del mostrador: es necesario comprender que al abrazar las profesiones que nos pusieron frente a un micrófono radial, hemos ingresado en una actividad cargada de operaciones de influencia masiva.

En la confesión final del entrevistado (“¡peor! teníamos nomás las Top 40″) hay un error comparativo: ya hemos dicho que hoy los sellos no tienen la necesidad de pagar por el emisión de canciones viejas, de manera que resulta imposible justificar la repetición de temas de Captain & Tennille o Stevie B. Sólo se hace por la cuadratura del gusto de los miembros de una emisora y, naturalmente, por la pereza que los deposita en terreno del chanta, que considera que su negocito funciona, por lo que no es bueno andar innovando.


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