Colectivos: hay que abrir la puerta cuando es necesario, aunque no haya parada | Diario 5
  Martes 21 de agosto de 2018    

Colectivos: hay que abrir la puerta cuando es necesario, aunque no haya parada

Martes, octubre 24, 2017
Por Carlos Allo
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Hay demasiados motivos para considerar una nueva normativa sobre paradas de colectivos

Está faltando normativa en los escritorios, pero también está faltando autoridad en la calle para hacer respetar lo poco que, bajo el frágil techo de la legalidad, se reglamenta en favor de los ciudadanos que usan el transporte público, sea todos los días o circunstancialmente.

Hay leyes y hay códigos urbanos que no necesitan ser legislados. Sin embargo, era una ordenanza municipal, en tiempos de la buenos aires no autónoma, la que nos daba la tranquilidad de que tanto en los días de lluvia como en los horarios de madrugada, los colectivos debían parar en la totalidad de las esquinas, tanto a pedido de un pasajero con deseo de descender como de quien le hiciese señas para subir al coche.

Durante una etapa (el último gobierno porteño anterior a su constitución actual) se persiguió a las empresas de transportes en pos de hacerles pagar multas diversas al, supuestamente, incumplir determinadas normativas nuevas para ese momento. Tan estrictas y tan diferentes eran estas reglas a las costumbres que existían en la ciudad de buenos aires que, al verse obligados a no quedará comprometidos, las compañías de transporte y los propios colectiveros presentaron toda su antipatía por las variadas disconformidades que sufrían, causando -en el último movimiento de un efecto dominó- un perjuicio a los pasajeros de colectivos en la ciudad de buenos aires que nunca más se pudo corregir.

El tema nunca se tomó con la seriedad a que se merece quedaron en el olvido o supeditadas al riesgo y la solidaridad de algunos colectiveros las costumbres que beneficiaban a los pasajeros cuando se encontraban en determinada esquina o posición del recorrido que, si bien alejados de la parada oficial, nada debería impedir que el conductor abra la puerta para que la persona pueda subir y viajar.

Pero claro, si todavía se sienten las heridas de las multas que recibieron las empresas y las sanciones que se trasladaron a los choferes por un natural acto de solidaridad y abrir la puerta a una persona que se encontraba fuera de la parada, naturalmente nos transformamos en una sociedad a que cumple a rajatabla normativas que resultan ridículas, mientras que nadie inicia una campaña para recordar a los automovilistas que en las esquinas en las que no hay semáforos el peatón con intención de cruzar siempre tiene prioridad y los vehículos deben detenerse sin excepción alguna.

La paradoja sostenida por la hipocresía es tan inmensa que no puede ser vista con claridad si no se toma la suficiente distancia de la situación. El juego comparativo que acabamos de hacer, aparte del problema del transporte público, desnuda otro aspecto de una educación vial inexistente en la Argentina.

El ejemplo chileno no es para que nos rasguemos las vestiduras, pero sí no nos dedicamos a recordar y machacar los ejemplos válidos frente a nuestras propias falencias, no tendremos nunca ni como para empezar a aprender el abc de esta cuestión: en principio, las rutas chilenas, fueron pioneras en mostrar en los carteles callejeros y ruteros dedicados a recordar que cada día crecen los muertos por incidentes varios, caracteres actualizados que indicaban la cantidad de muertos en accidentes en el año en curso; sin eufemismos.

Aclarado esto, y sin necesidad de colgarnos del país vecino para ningún otro punto que no sea el de la comparación en el del respeto vial al peatón, vale recordar que en cualquier calle de Santiago, sea céntrica, barrial o periférica, el solo posar el zapato de uno de nuestros pies, dejando aún el otro sobre el cordón, hará que el automovilista que se acerca hacia la esquina en la que nosotros estamos realizando ese movimiento, disminuya la velocidad del vehículo que conduce a un mínimo tan notable, visible y observable que nos dejara la certeza absoluta de que podemos cruzar la calle.
Esta combinación de elementos en nuestra contra como sociedad vial nos hace compartir el banquillo de los acusados de tal modo que por efecto de nuestra convivencia callejera, ese banquillo tendrá reservado un ángulo para nuestro culo.


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