Miércoles 14 de noviembre de 2018  

Eduardo Archietti: Aportando registros

Sábado, febrero 3, 2018
Por Amalia Gutiérrez

masculinidadesEl capítulo que observaremos del libro Masculinidades, Fútbol Tango y Polo en la Argentina” de Eduardo Archietti, profesor de antropología profesor de Antropología en la Universidad de Oslo, en Noruega, está íntimamente emparentado con los brillantes trabajos recopilatorios de muchos estudiosos de la vida porteña*.  “Masculinidades…” también escarba en una urbe que muchos añoran – y no sin razón- donde la vecindad estaba cargada de códigos irrecuperables.

Nos introducimos en él porque vale la pena. Cuando Archietti escribió su libro, dejó un capítulo muy jugoso acerca del vínculo global de la Buenos Aires de todos los tiempos, con su gente, el resto del país y el mundo. Comenzamos hoy a revisarlo, con alguna que otra NdelaR, pero respetando el caudal literario del autor y recopilador.

INTRODUCCION: ESTRUCTURAS Y PERSPECTIVAS

Buenos Aires y la Nación

La Argentina actual es una sociedad altamente urbanizada e industrializada y que depende, hasta cierto punto, del desempeño económico de su sector agrario. No es sorprendente, por lo tanto, que ia imagen poderosa de la Argentina rural, las pampas y los gauchos, aún hoy coexista con el dominio abrumador de las grandes ciudades, particularmente Buenos Aires, la capital, una metrópolis con trece millones dé habitantes.

En la interpretación histórica canónica del pasado se acepta que desde 1860, al final del período de las guerras civiles y hasta la crisis económica de 1930, la Argentina se transformó en un país moderno a través de las distintas masivas inmigraciones europeas, las inversiones británicas en infraestructura vial y en la industria. y la integración exitosa a la economía internacional a través de la exportación intensiva de cereales, lana y carne vacuna. Entre l 870 y 1924, llegaron a la Argentina alrededor de 6 millones de europeos, de los cuales casi 3.3 millones se establecieron en forma En 1914», un tercio de la población argentina había nacido en el exterior, siendo la mayoría italianos (39,4%) y españoles (35,2%) (Solberg 1970: 38).

Hacia 1900, cientos de miles de italianos del norte se dedicaban a trabajos rurales y eran agricultores arrendatarios en las provincias de la zona de la pampa (Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe). Los italianos también se instalaron en la ciudad de Buenos Aires, montaron la industria del vino en Mendoza y abastecieron la mayor parte de la demanda de mano de obra para la construcción de los ferrocarriles anglo–argentinos. La mayoría de los españoles venia de Galicia y por lo menos un tercio de ellos se estableció en Buenos Aires, y se dedicaron a actividades vinculadas a los servicios. Los inmigrantes rusos, en su mayoría judíos, que venían escapando de las persecuciones étnicas y políticas del Imperio Ruso, conformaron la tercer minoría (4,1%) y establecieron en colonias agrícolas en Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Los sirios y libaneses (2,7%) arribaron luego de abandonar otro estado opresivo, el Imperio Otomano. Algunos eran musulmanes y evitaron la agricultura para dedicarse a los negocios. También llegaron inmigrantes de Francia, Alemania, Dinamarca y del Imperio Austro Húngaro  en su mayoría serbo-croatas y friulanos. Una importante y poderosa minoría era británica; en 1914 constituían el 1,1 % del total de la población extranjera (casi 30.000), se desempeñaban en empresas británicas y vivían en los suburbios ricos de Buenos Aires o en las estancias de su propiedad. Tenían prestigiosas escuelas con internado y sus propios clubes sociales, manteniendo de esta manera, claras fronteras sociales. Introdujeron en país sistemas financieros modernos, el ganado bovino  inglés y escocés» y las razas ovinas que revolucionaron la producción ganadera. Los británicos transformaron también el transporte y el comercio y sobre todo, introdujeron nuevos deportes como el fútbol, el tenis, el polo, el rugby y el criquet.

Entre los británicos, los ingleses  mucho más que los irlandeses que vivían en zonas rurales en en la pampa 0 que los campesinos galeses que trataban de sobrevivir en la zona de la Patagonia fueron Capaces de establecer cánones sociales admirados por la clase alta argentina. Estos cánones estaban relacionados de muchas maneras con el poderoso imaginario del Buenos Aires es un reflejo de este patrón histórico. La ciudad aumentó rápidamente su población de 180.000 habitantes en 1869 a 1.576.000 en 1914. En 1930, la ciudad contaba con más de 3 millones de habitantes, un tercio de los cuales eran inmigrantes europeos (Ferrer 1972: 146). La proporción de extranjeros era de un 13,8% en 1869, un 24% en 1895, y un 42,7% en 1914 (Vázquez Rial 1996: 24). El desequilibrio evidente de género en el arribo de inmigrantes entre la población más joven produjo, en largos períodos en la historia de Buenos Aires, una sobreabundancia de varones. Es posible entonces imaginar a Buenos Aires como una especie de Babel cultural donde el inglés fue el idioma de la industria y el comercio, el francés el idioma de la cultura, y el lenguaje de la vida diaria una mezcla de español y gallego, italiano -varios dialectos- y una amalgama de idiomas europeos. En la década de 1920, Buenos Aires al igual que Nueva York, representaba, antes del reciente descubrimiento antropológico del impacto de la cultura global, diásporas y encuentros multiculturales, un “espacio global real de conexiones y disoluciones culturales” (Clifford 1998:24).

 

Durante las primeras décadas del siglo veinte, la vida urbana se transformó rápidamente: arquitectos europeos y argentinos construyeron hoteles lujosos, teatros, restaurantes, clubes nocturnos, cientos de cafés y un teatro de ópera famoso a nivel mundial. Esto provocó cambios en el uso del tiempo libre y creó un nuevo espacio fuera de las paredes de la privacidad y el hogar. El auge económico argentino permitía este tipo de consumo conspicuo. Durante las tres primeras décadas del siglo veinte, la Argentina se encontraba entre los diez países más ricos del mundo. Este período también se caracterizó por la rápida expansión de las prácticas deportivas y los clubes sociales, y la Construcción de un majestuoso hipódromo en la zona de Palermo. Con la construcción de varios estadios y la creación del campeonato nacional, el fútbol se desarrolló de manera tal que para fines de 1920 la Argentina era un líder mundial en este deporte.

La aparición de espacios públicos facilitó la creación de nuevas para la participación popular. Tres instituciones en particular al público con nuevas emociones y oportunidades para el despliegue de fantasías sexuales: los modernos burdeles legales con miles de prostitutas traídas de Europa, las academias de baile o cafés de camareras y el cabaret (NdelaR: las tendencias a estas formas de trata en aquel entonces, no tenían la condena social que hoy la Argentina está comenzando a dejar a la luz). Estos lugares no sólo eran frecuentados por hombres sino también por mujeres, aunque de un tipo especial. La imagen potente de una metrópolis como Buenos Aires dependía de una complejidad cultural y social que trascendía el mundo cerrado y limitado de los pueblos de provincia. En esta representación, también fueron portantes las posibilidades que surgían del uso del tiempo libre y la consolidación de marcos institucionales para la creatividad y la versatilidad individual. En la Argentina de esa época, el éxito para un cantor, bailarín, músico o jugador de fútbol se asociaba a las actuaciones y al reconocimiento de la audiencia y de los expertos porteños. Desde el punto de vista de sus habitantes y de los argentinos que venían de las provincias del interior, del campo e incluso de ciudades importantes como Rosario o Córdoba, Buenos Aires lo tenía todo: cafés, teatros, ópera, cabarets, burdeles lujosos, clubes de fútbol, restaurantes sofisticados, hoteles opulentos y deportes ecuestres, incluyendo desde 1928; el Campeonato Abierto de Polo en las canchas de Palermo.

La elite argentina consideraba a París la única ciudad comparable a Buenos Aires. Hacia fines del siglo diecinueve, París había alcanzado el título de capital mundial de la elegancia, la sofisticación y el placer. pero París era aun más que todo esto: un centro científico, un ámbito para las innovaciones técnicas y un medio cosmopolita donde los debates ideológicos y donde se daba un apropiado marco para el desarrollo de las tendencias artísticas vanguardistas. En la “ciudad luz“, considerada el corazón de la modernidad, se llevó a cabo en el 1900 la más exitosa Exposición Universal que atrajo a más de 50 millones de visitantes. Pero, sobre todo, París prometía entretenimiento y diversión, con sus cafés y restaurantes, sus teatros, vaudevilles y cabarets, sus grandes tiendas y mercados y sus ferias locales tan pintorescas. París funcionaba para el mundo de los turistas de ese momento, como una fábrica de fantasías e ilusiones. Buenos Aires funcionaba de la misma manera para la Argentina y más tarde, cuando su prestigio aumentó, para el resto de América del Sur. Para los sudamericanos, la imagen positiva de Buenos Aires no estaba dada sólo por la diversión y la elegancia: era crucial el hecho de que fuera considerada una ciudad típicamente europea y blanca.

Si bien su población era europea, Buenos Aires sus orígenes no era una típica ciudad del viejo continente. La metrópolis porteña nunca fue un laberinto medieval como muchas ciudades europeas, incluida París antes de la transformación Haussmaniana provocada por el levantamiento de la Comuna en 1871. Buenos Aires siempre había tenido un diseño en cuadrícula, y a fines del siglo diecinueve era una ciudad chata y extendida. A partir del siglo veinte, la rápida expansión de la electricidad no sólo remplazó al gas como fuente principal de energía sino que hizo posible la construcción de edificios altos con ascensores. En 1905. la ciudad tenía 126 edificios con más de tres pisos y un ascensor La cantidad de estos edificios se había triplicado hacia 1909 (Liernur 1993: 66). Hacia 1980, Buenos Aires estaba “terminada” y ya se asemejaba a una ciudad europea con grandes bulevares, con enormes palacios en la zona norte, plazas y monumentos; contaba con un sistema moderno de transporte, a partir de la inauguración de) tranvía en 1897, el subterráneo y el tren que conectaban los suburbios con el centro, donde coexistían la burocracia, los negocios, los centros comerciales y los lugares de entretenimientos. Pero Buenos Aires aun tenía más ya que, a diferencia de París, era una ciudad con un enorme puerto en constante movimiento, y contaba con cantidad de barrios residencia v los en los suburbios (Silvestri 1993).

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*Eduardo Abós (El Libro de Buenos Aires), al que también, desde este medio se le hace un seguimiento de todos sus item.


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