Sábado 20 de octubre de 2018  

El Pasaje Seaver

Lunes, junio 13, 2016
Por Carlos Allo
Pasaje_Seaver

Pasaje Seaver, Retiro, 1968

Habíamos nacido a principios de los sesentas. Todo lo porteño que teníamos enfrente y de cuya tradición apenas entendíamos lo que se nos contaba, lo sentíamos como propio también.

Cuando uno es joven y ya comienza a comprender con claridad la rueda del tiempo, de tal modo que ya se establezca allí una manera especial de valorar las cosas que atravesaron los años, entre ellos, los años nuestros. Es decir, todo aquello que venía haciendo reliquia porque fue altamente valorado por nuestros mayores y que también nos estaba dejando algún tipo de satisfacción a nosotros mismos, pasaba a ser valorado por nosotros.

Esto pasó con muchas calles, callejones, callejuelas, rincones, pasajes, callecitas, pequeñas plazoletas cuadradas, triangulares, circulares, etc, de la Ciudad de Buenos Aires.

Una de las más hermosas “herencias” que nos habían dejado los mayores porteños a nosotros, los que todavía estábamos aprendiendo a entender la mudanza de puerto madero a puerto Nuevo, fue el pasaje Seaver, el que rompía la manzana del recorrido final de las calles Carlos Pellegríni y Cerrito, con una sola cuadra desde Posadas a Avenida del Libertador, en un sector cargado de una impronta romántica por motivos varios, especialmente por su angostura, su corto recorrido y la cinematográfica escalinata por la que se accedía a recorrerlo bajando desde la calle Posadas.

Aquí vamos a explicar en detalle por qué remarcábamos que nosotros debíamos sacar pecho y mostrar algo los dientes para que las generaciones anteriores nos permitan sentirnos también dueños de algo tan tradicional como había sido el pasaje Seaver: allí había funcionado el cabaret Can Can, insoslayable en la historia de la noche porteña, allí se había realizado una de las reuniones políticas clave de la historia moderna Argentina, algo así como un pacto de oficialización del peronismo como nuevo y trascendenter político: en un atelier del colosal callejoncito nació nada menos que el Partido Laborista, pergeñado por políticos, militares y sindicalistas, apenas pocos días después de la proclamación y consagración como líder de Juan Domingo Perón, aquel 17 de octubre de 1945. Eran demasiadas cosas de evidente propiedad de nuestros mayores.

El pasaje Seaver, como tantos lugares de la ciudad, era “de todos” en los papeles, en las teorías globales de derechos de los ciudadanos, pero el vínculo generado entre ese lugar y las generaciones que protagonizaron allí hechos tan trascendentes, los obligaba, en alguna medida a dar un paso al costado para sacar “chapa” de dueños del lugar. Pero para algunos de los “nuevos”,  los que éramos amantes de las canciones de la música Nacional Contemporánea, lo que hoy se denomina el Rock Nacional, había llegado la cédula de notificación que nos posicionaba como porteños de fibra: nuestro primera ángel de la canción, Tanguito, Ramsés VII (y tantos nombres que tuvo) aquel de Amor de Primavera, se sentaba en las poéticas escalinatas del pasaje a arpegiar la guitarra y probablemente a encontrar y inspiración para canciones.

Con el paso del tiempo, los “hitos” de los que nos enterábamos y aquellos que se producían en el pasaje Seaver, a favor tanto de nuestra generación como de la de la década de oro del tango, fueron creciendo y enriqueciendo el cofre cultural de los porteños todos. Pero un buen día, cuando compartíamos con nuestros Padres y abuelos la propiedad de ese rinconcito de estilo parisino, en los iniciales 70s se sentenció a muerte tanto el Seaver como a casi todo el Barrio del Socorro y terminó por ser demolido junto a las casas de faroles que lo conformaban, en el otoño de 1979, dejando así listo para su trazado el tramo final de la Avenida 9 de Julio, allí, donde empalma con la autopista Arturo Illia.

Hoy, si naciste varias décadas más tarde de la desaparición de esa belleza porteña, basta con que busques entre tanta información nostálgica de la Ciudad, sepas de que se trató, y parándote sobre la Avenida del libertador, justo debajo del autopista, te la imagines angostita, empedrada y con una escalinata que evitaba que la calle estuviera en barranca, ubicada exactamente donde ahora están esos coquetos restaurantes de la calle Posadas, serás también acreedor de tu parte de propiedad del pasaje Seaver

Y está en libros, películas, poemas y prosas (lo encontrarás en la wiki). Lo importante es que ahora sabés de él. Como quien recala en el dato de las dos fundaciones de Buenos Aires, o en el de los goles de Di Stéfano o el arribo de millones de inmigrantes en el Puerto. Todo porteño. Todo propio. De todos.

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