Miércoles 18 de julio de 2018    

Los porteños no homenajeamos a Manuel Belgrano como se merece

Miércoles, junio 20, 2018
Por Carlos Allo
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El Mausoleo que guarda los restos de Belgrano debe ser trasladado y mejorado de inmediato.

La memoria del General Manuel Belgrano recuperó, por parte de la sociedad, algo de reconocimiento a su imagen y grandeza. Parece extraño, desde nuestra condición de argentinos y, especialmente, porteños, tener que diferenciar una etapa de otra en cuanto a cuán importante es alguien, cuya real jerarquía debió ser siempre indiscutible e indestructible. Sin embargo, la paradoja es real. Durante toda la historia de la Argentina los honores referidos a la libertad de la nación y de los Pueblos Hermanos apuntaron siempre, en una medida superlativa, hacia la figura del General San Martín, quien, a su vez, merece conservar gloriosamente el título de Padre de la Patria.

Ocurre que cierta mirada del universo conservador de la historia le ofrecía a Belgrano un lugar, si bien destacable, filtrado por algunas sombras. Es difícil lograr que los argentinos entendamos que si la gloria alcanzada se nutre también de eventuales frustraciones o traspiés, no se pierde en un ápice la épica heroica. Los historiadores, en general de corte conservador dejaron algunas semillas para su transmisión a través de los tiempos de cierto tufillo desvalorizador para Don Manuel Belgrano, dejando resaltadas sus derrotas de Vilcapugio y Ayohuma por encima de las colosales victorias en las batallas de Salta y Tucumán más la decisión política, operativa y logística más maravillosa de su tiempo con objetivos militar y social más estratégicamente conseguidos como fue el éxodo del pueblo de Jujuy para desarticular la acción del ejército enemigo.

Son muchos los motivos que generaron esta escalada de textos blandos, híbridos en reconocimiento, acerca del accionar de Belgrano en su carrera, casi como resumiéndolo al más simpático de todos sus emprendimientos, la creación de la bandera nacional. El más notable de los motivos para ese menosprecio surge de su reemplazo en el comando del ejército del norte por parte, nada menos, del propio General San Martín. Si tomamos esa decisión política fuera del estricto contexto histórico de su época y la trasvasamos de manera simplista a términos futboleros y consideramos que se produjo un cambio como el de un futbolista por otro durante un partido porque uno de ellos no estaba jugando bien, ingresamos en el terreno del pensamiento canalla. Esa canallada nace en la pluma de los historiadores conservadores que nunca pudieron soportar la idea de que un abogado tuviera la suficiente e inmensa capacidad de asumirse oficial militar superior, de alta performance estratégica, táctica inteligente y efectivo poder de mando, en simultáneo con una fina sensibilidad social y una probada e irreprochable honestidad.

Una película de los últimos años, dedicada su vida, logró poner un poco en blanco sobre negro muchas de las injustas nubes que se posaron durante décadas por encima del riquísimo paisaje panorámico de la vida del General Don Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Sin embargo aún estamos en deuda en algunos aspectos para con su memoria. Sus restos descansan en un mausoleo emplazado en el atrio de la iglesia de Santo domingo, en la esquina porteña de la Avenida Belgrano y la calle defensa. El estado General de este importantísimo lugar histórico de la república Argentina no es bueno. No es posible que la excusa de la intemperie permita que la imagen del abandono se apodere de un monumento fundamental para el respeto a quienes construyeron el país. Menos aún si ni siquiera es necesario que nos expliquen que estos prohombres ofrecieron su vida por la liberación de los pueblos. Aquí hay responsabilidades compartidas, del gobierno nacional, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el arzobispado de Buenos Aires, el Instituto Belgraniano y cuanta organización no gubernamental se jacte de trabajar en pos de cuidar los valores de la patria. Se puede ver, cada tanto, en ese lugar a grupos de escolares que escuchan en la voz de sus maestras “aquí está el General Manuel Belgrano”, “en este lugar descansa el creador de la bandera”. En una oportunidad, durante una de esas visitas, un alumno correntino de séptimo grado le comentó al compañero que tenía al lado: “el santuario de Gilda en la ruta 12 está mejor que esto”.

Los placones de mármol que conforman la base del mausoleo en el que descansan los restos del más generoso y entregado de los miembros de la Primera Junta de Gobierno y que llevan grabadas las letras del apellido Belgrano, ya no dejan la sensación de homenaje. La solemnidad de la construcción del atrio de Santo Domingo no cumple con su cometido. Por otro lado, la decisión de poner a Belgrano allí surgió de la condición de lo que se conocía acerca de la devoción de Don Manuel por el fundador de la Orden de Predicadores.

Cuando se ubicó la pomposa estructura en el centro de su atrio, la Iglesia de Santo Domingo dominaba en importancia física la esquina de la Avenida Belgrano y Defensa. Ya algunos años más tarde cambió esa situación. Hoy, todos los edificios que rodean al templo y al patio en el que descansa el prócer, son mucho más altos que la cúpula de las Santo Domingo, que recibe sombra y -sobre todo- mucha suciedad, algo característico de la zona

Realmente, la admiración de Belgrano por Domingo de Guzmán no significaba que debían ubicarse los restos del prócer en ese patio, que hoy estamos en condiciones de afirmar -quiérase o no y aunque les duela a muchos-  que deja la más evidente sensación de abandono.

Por lo expuesto, nadie debería ofenderse si remarcamos que el Doctor en Derecho Don Manuel Belgrano, protagonista de la Revolución de Mayo, que liberó a estas tierras del estado de colonia virreinal y que luego defendió tal patriótica corazonada, que tomó el sable en condición de General de la Nación, comandando el Ejército del Norte hasta hacer retroceder hacia El Alto Perú a las fuerzas que respondían al Rey de España y que enarboló una bandera para la nueva nación, sufrió la indolencia de sus compatriotas en vida y debe soportar el abandono irrespetuoso de los millones de indignos herederos que vivimos en la Capital de su Patria.

A lo mejor, si se le hiciera un lugar más importante -quizás junto a alguna bella escultura de Santo Domingo, quizás en la Rosario del  Monumento a la Bandera o en la Jujuy del Éxodo -a la que el genial estratega salvó de la locura sanguinaria de los realistas- o en la Tucumán, de su épica victoria militar, no tendríamos que resignarnos a comprobar que lo haya abandonado su patria entera.


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