Martes 24 de abril de 2018    

Alvaro Abós y más textos: La Gran Aldea (1800-1899)

Domingo, marzo 22, 2015
Por Redacción Diario 5
Una entrega especial de Diario 5 de una de las piezas más completas, bellas y reveladoras de los que ha sido la evolución de la reina del Plata.

Introducción a la Segunda parte de El Libro de Buenos Aires, Crónicas de cinco siglos

Álvaro Abós recopiló estas maravillas de crónicas que estamos reproduciendo periódicamente entre las publicaciones especiales de Diario 5 y que pueden verse unificadas en la Sección El Libro.

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Excelente perspectiva de cómo se veía el Cabildo desde el Fuerte

La Argentina se separó de España en 1810, y ratificó su independencia en 1816, sin tener una idea muy clara de qué clase de país era, cómo se llamaba, bajo que’ tipo de régimen político deseaba vivir, cuáles eran sus limites y su relación con los países vecinos. Todo esto se fue aclarando a través de conflictos y guerras, exteriores e interiores.

Con el Brasil, para que este país no avanzara sobre su geografía; con Francia e Inglaterra, que en dos oportunidades bloquearon Buenos Aires; con los indios que asolaban la frontera del país entonces conocido, a pocos kilómetros de Buenos Aires; o con el Paraguay, país que fue devastada en una guerra tremenda en la que se jugó también el equilibrio de poder entre el interior y Buenos Aires.

Al mismo tiempo, Argentina vivió en un estado de guerra civil intermitente, una de cuyas causas fue la relación entre la opulenta ciudad de Buenos Aires, que aprovechaba las rentas de la Aduana, y el resto del país.

Esa guerra sólo se detuvo hacia 1880, cuando se federalizó la ciudad, aunque la sangre no dejó de correr por diversos conflictos. Es que, junto a la inmigración que iba a dar su perfil inconfundible a la ciudad, arribaron también ideas rebeldes encarnadas en luchadores sociales que huían de la represión en Europa.

En 1829 la población de Buenos Aires llegaba a los 58.000 habitantes, que eran 65.573 en 1838 y 90.076 en 1858. La ciudad tenía un crecimiento demográfico del 2, 5% anual. A Buenos Aires le había llevado 278 alcanzar esa población que, sin embargo, se duplicó en los 15 años que siguieron. Y el número de habitantes se volvió a duplicar en los quince años subsiguientes. La Gran Aldea, título de una novela de Lucio V. López publicada entonces, tenía 400.000 habitantes en 1883, y vivió un ciclo de transformaciones que los historiadores fechan entre 1880 y 1930 cuando -escribe José Luis Romero en La Ciudad Burguesa* -“se modificó profundamente la infraestructura de la ciudad.

Se construyó el puerto Madero, se concluyeron las obras de salubridad en la década del 80, se extendieron y electrizaron los tranvías desde 1897, se desarrollaron las líneas suburbanas de ferrocarriles, aumentaron los hospitales, los mercados y los parques, se electrificó el alumbrado público a partir de 1882 se construyó el primer subterráneo, inaugurado en 1913, aparecieron los ómnibus y colectivos y se hicieron sobre el río el Balneario Municipal yla Avenida Costanera…

Sobre ese cañamazo de impetuoso crecimiento, los textos que incluye esta segunda parte de El libro de Buenos Aires son visiones de viajeros, la mayoría ingleses, como si los argentinos estuvieron demasiado concentrados en el interior de la historia y de argentinos como Lucio V. Mansilla y Miguel Cané, quienes escriben sobre la ciudad en la que vivieron de niños. Lucio V. López y Julián Martel lo hacen en textos de procedencia novelística sobre el Buenos Aires del ochenta y del noventa.

Ya cerca del siglo que termina [Abós editó el libro en 1998] se recoge una de las primeras prosas de Macedonio Fernández, quien tenía dieciocho años cuando describe la calle Florida con una  prosa que tiene ya toda la densidad filosófica y el humor sutil del  que seria maestro de Borges.

De 1897 es una crónica de Fray Mocho. Con el autor de Memorias de un vigilante la ciudad gana su cronista popular, retratista de tipos y personajes porteños, aunque él fuera entrerriano (y este hecho confirma que para ser un gran porteño – Miguel Cané nació en Montevideo, Gardel en Toulouse (¿o en Tacuarembó?)- no viene mal haber nacido en el interior (o en el exterior). Fray Mocho es el primer aguafuertista de los muchos que harían célebres sus crónicas en publicaciones. En el caso de José Z Álvarez, fue la revista Caras y Caretas, que contribuyó a fundar y donde publicó casi todas sus prosas. Más avanzado este libro, el lector hallará páginas provenientes de otros diarios y revistas argentinos. Pero ya habrá tiempo de llegar allí.

*José Luis Romero y Luis Alberto Romero (comp), Buenos Aires, Historia de cuatro siglos. Buenos Aires. Editorial Abril, 1985,


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