Lunes 22 de julio de 2019  

Autodeterminación farsante

lunes, abril 2, 2018
Por Carlos Allo

Todos los que valoramos los derechos universales estamos a favor de la natural autodeterminación de los pueblos. ¿…y? ¿eso significa que sea automáticamente aplicable para todo pueblo sin medir?

¿Alguien en la Argentina se acordó de la autodeterminación de los diaguitas, de los comechingones, de los guaraníes, de los mapuches y los tehuelches? Claramente, la decisión de los habitantes de las islas no debe contar cuando se trata de una disputa por su pertenencia entre dos naciones. Porque se trata de eso, precisamente, y no una disputa entre una nación dominante y la propia isla.

Pero como aquí vamos a hablar de hipocresías, es necesario agregar una hipótesis para nuestra propia reflexión: De los variados rumbos que tomaron algunas de las colonias británicas, se derivó la autodeterminación de esos pueblos y así surgieron naciones como Australia, Canadá y Nueva Zelanda… Si la Ciudad de Puerto Argentino fuera grande como Sidney, Toronto o Auckland y en vez de ser 3.000 personas fueran unos 20 millones, ¿estaríamos los argentinos negándoles a los habitantes (argentinos, ellos) de las Islas Malvinas su autodeterminación?

Hipótesis algo más rara pero necesaria: Si la Argentina ejerciera hoy su soberanía sobre Malvinas, y los malvinenses (argentinos, ellos) quisieran autodeterminarse por efecto de tantos años de inmersión en una cultura ajena a la del país que los gobierna, ¿lo aceptaríamos?

En el tema Malvinas, todos los argentinos queremos que sean argentinas, como efecto de que Gran Bretaña algún día negocie y que por algún factor de presión internacional, hoy invisible y casi inviable, el Reino Unido se vea obligado a… (agarrate, Catalina) ABANDONAR LO QUE RECONQUISTARON CON UNA GUERRA.

No es nada sencillo, ante un tema tan caro a los sentimientos nacionales, llegar a una explicación correcta acerca del nivel de irresponsabilidad e hipocresía al que ha llegado la actual generación de protagonistas políticos de la Argentina. Protagonistas son tanto los que cumplen funciones institucionales en cualquiera de los tres poderes de estado y de cualquier jerarquía, como los que desde tribunas, medios y entidades encuentran respuesta de algún tipo cada vez que se manifiestan, aunque sea para decir que les duele un dedo. Pero vamos a intentar, primero poniendo en blanco sobre negro las posiciones de unos y otros, ver cómo nadie da en el clavo porque no le conviene.

Los gobiernos argentinos -todos y cualquiera, es decir, que el círculo vicioso es muliideológico- alza su voz contra Inglaterra a poco de un aniversario importante de la Guerra de 1982, en una renovada forma de reclamo por la soberanía argentina de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, con el nutrido coro de apoyos de gobernantes de países de América Latina. La verdad es que si lo analizamos sin mirar demasiado pozo adentro, tuvo un cierto mérito político la Administración Kirchner que, tras haber alimentado el aire intrasolidario que aparenta respirarse en el poder sudamericano durante estos años, se cosecharan interesantes resultados, como la negativa del presidente Mugica al recale en puertos uruguayos de buques que se identifiquen como parte de los intereses británicos en Malvinas o el desaire del presidente Piñera a Cameron en pos de demostrar su apoyo a los reclamos argentinos de soberanía por las islas. Lo mismo con declaraciones de Lula (luego Dilma), Chávez (con Maduro detrás) o Correa y Evo Morales, aún en el poder. Pero es conocido que el reclamo diplomático con espíritu de choque a una potencia (aún miembro de la OTAN y del Consejo de Seguridad dela ONU) tiene más efectos mediáticos instantáneos en el mundo y sienta menos precedentes a esgrimir si el objetivo es sentarse algún día a negociar, de verdad.

Estamos los que intuímos que el mero formalismo del reclamo tiene valor, como un ejercicio que se repite y se ensaya hasta que se intuye el momento de realizarlo en el escenario propicio y obtener éxito. Pero también están los que nos bajan a la realidad de un hondazo y nos recuerdan que cuando las Malvinas eran un auténtico galpón olvidado para Inglaterra, ya nos era bastante costoso, gobierno tras gobierno, entre democracias y detentores del poder por la fuerza, hacerlos retroceder de su posición colonialista. ¿Qué los haría cambiar justo hoy?

Los que nos pinchan el globo nos recuerdan que hemos probado desordenadamente, como adolescentes inexpertos, todo tipo de fórmula posible para recuperar lo que la casi totalidad del mundo entiende como nuestro: Política de Seducción a los malvinenses, Conversaciones con Paraguas, reclamo enla ONU… hasta tomarlas por la fuerza. Nos siguen pinchando nuevos globos y nos recuerdan que esa toma por la fuerza derivó en una guerra. Ya para entonces los frenamos, así no nos recuerdan cómo terminó ese conflicto.

Surge entonces nuestro argumento de oro: “los que decidieron la guerra eran unos dictadores”. Es demasiado peligroso tener que describir, en detalle, semejante consagración de la hipocresía. Lo haremos livianamente: Aunque haya documentos que muestra a los miles de argentinos que fueron a dar apoyo a las decisiones galtierianas de la época, hoy no es posible encontrar a quien reconozca haber estado aquel 10 de abril enla Plazade Mayo.

Hoy, el gobierno argentino debe seguir reclamando y nosotros debemos elegir entre apoyar los reclamos valorando ese “mero formalismo” o cruzar de vereda y acentuar la falsedad.

Ocurre que es diferente es la mirada de un grupo de políticos de la oposición en concordancia con periodistas e intelectuales afines, en la que comienza un proceso de sospechoso reconocimiento a la población malvinense de su aparente deseo de autodeterminación e independencia del gobierno central británico.

Tenemos que ser muy claros en este tema: Si utilizamos a las Malvinas con el solo objetivo de aplicar nuevas chicanas políticas contra nuestros adversarios políticos dentro del país, aceptemos que la Argentina es el foco de hipocresía más grande del planeta, superando lejos a los pactos de paz entre pueblos de odio milenario y a la amistad entre tenistas.

Antes que el reconocimiento a la autodeterminación de los malvinenses (que no la pasan nada mal) hay dos prioridades:

La innegociable es la del definitivo acto colectivo de reconocimiento real y definitivo a nuestros excombatientes. Esto incluye que quede consumado plan de beneficios anunciado últimamente más el guiño de una sociedad que nunca blanqueó en ninguna puta autocrítica que les dio la espalda el fatídico 14 de junio, como si fueran sus jefes.

La segunda es la propia tierra y la plataforma marítima. Argentina las reclama más allá de quién viva allí, cuánto petróleo se puede calcular que haya en el subsuelo y qué fauna ictícola nada por la zona.

Estamos en la pelea de todos los días, pero subidos al escenario sagrado. La frase “Dejemos en paz a esos Isleños” es hipócrita, mientras que responderle “antipatria” a quien lo dijo, carga con la misma hipocresía original. Parece increíble, pero con la causa Malvinas, el pueblo argentino podría ganar todos los reclamos sociales que quisiera ante los gobiernos, si tuviera un mínima idea de qué es lo que puede, debe o quiere hacer con respecto de las Malvinas. Pero nadie sabe. Por eso, los buitrajes de la derecha poco sensible y del progresismo poco humilde (protagonistas excluyentes dela Argentina política de la década del 10) pautan a sus jodidos gustos “lo que habría que hacer”.


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