1778 – Leopoldo Marechal – Una mañana de verano | Diario 5
  Martes 21 de agosto de 2018    

1778 – Leopoldo Marechal – Una mañana de verano

Domingo, diciembre 21, 2014
Por Redacción Diario 5
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La sociedad porteña reunida en las calles

Con qué gestos ubicaríamos a esa gente en un día remoto de Buenos Aires? El lector podría evocar   una mañana de verano de 1778, en la esquina de San Nicolás y San José. Vería, quizás, a un grupo de lavanderas mulatas, con sus grandes atados en la cabeza, sus jabones y palas de batir, dirigiéndose al río para lavar las ropas en los charcos que la marea deja entre las toscas de la playa: visten de colores vivos, y sus charlas, risas y comadreos no Son menos vivos que los colores de sus pañuelos y delantales.

Volviendo del río y dando tumbos en las zanjas y desniveles de la calle, un carrito de aguatero, tirado por dos bueyes de astas descomunales, viene hacia el lector y se arrima a la acera, deseoso de sortear el peligro del cruce; podría ser que el lector, a fuer de porteño sensible, protestara en alta voz por el castigo inútil que el aguatero administra sistemáticamente a sus dos animales; pero el aguatero, un pícaro mulato, no le oye, atento a su canción matinal y a su alegría de vivir en una ciudad que, ubicada junto al río más potable del mundo, paga el agua como si fuera un artículo de lujo.

Supongamos ahora que mi lector, después de contemplar a lo lejos el color leonado del Plata, se vuelve hacia el oeste y echa a andar, calle arriba: está en la parte más notable de la calle y, sorteando los desniveles y caprichos de las aceras, pasa frente a las casonas coloniales en cuyo interior van y vienen los esclavos negros, no muy atareados en sus funciones mañaneras. La mirada del transeúnte, colándose por el portal entreabierto, distingue, tras la hondura del zaguán, una luz de patio, una luz que se filtra en los parrales y es verde y fresca en lo alto, como la luz de los bosques, y se hace roja en los ladrillos del suelo.

 

Cruza luego algún baldío, entre casa y casa, y entonces le es dado contemplar el verdor de los durazneros que fructifican ya en las huertas íntimas, y un olor de pan casero llega tal vez a sus narices. Más adelante necesita dar un rodeo, pues dos caballos, atados a los gruesos barrotes de una ventana, le cierran el paso. y aquí y allá se cruza con recatadas señoras que vuelven de misa, apretando entre sus dedos los rosarios colgantes.

Llega, en fin, a una esquina, y no es imposible que dé con el negocio de Francisco Altolaguirre, pulpero rico a juzgar por los seis criados libres que atienden su casa. Don Francisco está junto a las dos puertas esquinadas de su pulpería, y apoyado en el pilar de ángulo conversa con dos otros vecinos que parecen escuchado sin mayor interés: como estamos en verano don Francisco se queja del calor, tan hostil a su negocio; en invierno se quejará de los vientos frígidos que ahuyentan a los clientes de pulpería y levantan el polvo de la calle con grave perjuicio de los “géneros de abasto”; y estas quejas pulperiles son recogidas en 1783 por el apoderado de los pulperos, en el escrito que dirige al gobernador intendente de la ciudad.

 

Pero dejemos al bueno de Altolaguirre y sigamos calle adelante, con el lector. Ahora pasa junto a las viviendas humildes de los artesanos españoles: allí están Pedro Nicolás Giles, el carpintero; Francisco Colas, el sastre; Antonio Álvarez, el zapatero; todos han sacado a la calle sus bancos, materiales y herramientas, y trabajan en la vía pública, aprovechando la luz y el frescor de la mañana, y seguirán haciéndolo hasta que el señor Vértiz se enoje; un enjambre de chicos grita en la calzada polvorienta, persiguiendo mariposas estivales y abatiéndolas con verdes ramas de limonero.

Más adelante se encuentran los artesanos de color, entregados a sus quehaceres; y el transeúnte puede hablar con Baltasar Gómez, el aserrador mulato, que usa la calle como depósito de sus maderas. La torre de San Nicolás se yergue no lejos, y las viviendas alineadas ralean, dando lugar a los baldíos, huertas y ranchos en los que la ciudad se desbanda. Algunas devotas, en tren de mortificación, vienen de San Nicolás de Bari y se dirigen al centro, salvando los mil y un incidentes de la calle montuosa y arisca. Y el lector podría encontrarse a esa altura con un jinete que arrastra un vacuno muerto, a la cincha de su caballo, o sentirse observado por un grupo de mestizos ociosos que le miran con desconfianza desde alguna ranchería.

 

Ya está bajo la sombra del templo; más allá verdean las grandes quintas; luego se ahonda el campo amarillento y desnudo, hasta el horizonte.

y ya que nos referimos a la vida estival de la cnlle podríamos evocada en un 6 de diciembre, día de San Nicolás: hay ,’n el aire un tumulto de campanas que llaman a fiesta; desdL’ todos los ámbitos de la calle, y aun de las chacras ved• nas, afluyen gentes de diverso color y linaje, ostentando sus ropas domingueras; no faltan los elegantes del barrio sur, que por especial devoción a San Nicolás de Bari llegan al templo ,’1\ coches y calesas de sopandas, ante la admiración de las comadres y el embobamiento de los chiquilines.

 

Luego la procesión sale del templo; al frente van los músicos, una trompeta, un contrabajo, un violín y hasta una flauta que toca un negro de levita; después el señor San Nicolás, en hombros de cuatro vecinos caracterizados que sudan y resoplan; d”trás la concurrencia de fieles, con sus guiones y banderas; Iodos bajo un sol de fuego y sorteando las asperezas de la calle.

 

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Leopoldo Marechal (Buenos Aires, 1900-1970). Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, autor de la novela Adan Buenosayres (1948), que cuenta lo sucedido durante dos días en la vida de ciertos personajes de la ciudad hacia los años veinte del siglo XX, y es una feliz recreación de la mitología literaria porteña, a la que contribuyó a consagrar. El texto reproducido pertenece a la Historia de la calle Corrientes (1937), que le fue encargada porla Municipalidad.

 


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