Domingo 21 de octubre de 2018  

La Mashorca, relato de la Buenos Aires de 1840, por Víctor Gálvez

Sábado, septiembre 30, 2017
Por Redacción Diario 5

Rancia y realista imagen de la Buenos Aires anterior al Centenario

Es difícil detenerse ante la fascinación de viajar a través de las 21 décadas de historia de la Ciudad, muchas refrescadas por el Libro de Buenos Aires, con recopilación de Eduardo Abós y otras de reveladoras ediciones que, ya con hojas amarillentas, nos documentan una urbe extraordinaria en cada tiempo que le toco atravesar.

Hay sorpresas, dado que muchas veces, al regresar en el tiempo nos encontramos con que acariciamos la  definición de una Ciudad muy cercana a la que nos cuentan la mayoría de los abuelos. No es tan cercana, pero se asoma. Se trata de la mitad des Siglo XIX.

Algunos capítulos hablan en forma tan especial de Buenos Aires, que para los que amamos analizar aspectos varios de la Reina del Plata nos vamos a encontrar con historias reveladoras y hasta de ensueño, sin dejar de comprobar cómo muchos extranjeros eran unos verdaderos “caretas” que nos transformaron en algo parecido a lo que representaban ellos y nos inculcaron mucha cultura digna de contracultura (tardamos 150 años en darnos cuenta), mucha discriminación, mucha porquería europea de la época y poca cosa linda europea, también de la época.

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1840 – Víctor Gálvez – La Mashorca

La Ciudad de Buenos Aires estaba silenciosa, las calles sin gente, y los pocos, muy pocos, que por necesidad o por miedo salían, iban a los sitios solitarios. A la ribera concurrían los muchachos a remontar las pandorgas, cometas o a lo que era Plaza del Parque, depósito a la sazón inmundo de las basuras. Aquellos sitios eran quintas. Donde hoy se levanta la estación del ferrocarril del Oeste y en la manzana de enfrente, altos cipreses elevaban sus copas negruscas al través de las tapias de barro (…)

Corría el mes terrible. La Sociedad Popular llamada La Mashorca, dominaba la ciudad; a media voz se decía cada mañana quiénes y cuántos habían sido degollados, qué casas habían sido asaltadas, qué damas azotadas con vergas e infamadas por los parches colorados pegados con cola. No he visto esto, porque no salía de mi casa, pero lo recuerdo como sucesos de mi infancia grabados en mi memoria con colores sombríos: recuerdo las angustias de mi hogar, ¡qué días aquellos! En torno de mi madre todos guardábamos silencio, temiendo cada vez que llamaban a la puerta, temiendo por los ruidos de la calle, temiendo en el silencio de las noches; y los muchachos estábamos allí sobrecogidos por un contagio moral que había quitado las alegrías bulliciosas de esa edad. Tales son mis recuerdos.

Paréceme rever aquel triste grupo, porque hasta los gritos de los niños parecían despertar el peligro. ¿No se han encontrado ustedes en alguna casa donde se vele el cadáver de un padre o de una madre? Entonces los niños no ríen porque ven en todos los semblantes el sello de la desgracia. ¿Por qué no ríen? No lo sé, pero ésa era la impresión de aquellos días; no se hacía negocio, no creo que hubiera comercio, al menos mi memoria no me permite apreciarlo: si sé que en ese mes no íbamos a la escuela, ignoro la causa.

Tal vez temían que fuésemos asaltados en la calle, que cometiésemos alguna indiscreción con los otros niños o que oyésemos los cuentos tristes de los degüellos. Lo que recuerdo es que no íbamos a la escuela, y los muchachos estábamos de vacaciones. Sólo nos llevaban por la tarde a remontar pandorgas en el bajo del río o en la Plaza del Parque, bajo la vigilancia personal de nuestro padre, que nos guiaba y a quien acompañábamos. No era posible ni prudente ocultarse, y entonces ésas eran sus salidas, nosotros y un criado cuyo nombre conservo aún, el mulato Agustín, que llevaba las pandorgas a veces, cuando nosotros estábamos aburridos de la carga. Nos acompañaba en fin, no sé por qué; pero él remontaba los barriletes y en esas excursiones corríamos y dábamos movimiento a nuestras piernas y supongo que nos alegraríamos. Volvíamos luego al caer la tarde, para reunir» nos en torno de mi madre, silenciosos de nuestro paseo y esperando la hora en que nos mandaban a dormir. Pero, aunque niños, no era fácil conciliar el sueño, el instinto me decía que había un peligro desconocido y terrible que podía alcanzar a mi padre; y niños como éramos ¿qué haríamos si no teníamos fuerza para defenderlo? ¡Qué angustiosos momentos! Mis hermanos tampoco se dormían y de cuando en cuando alzábamos nuestras cabezas para oír los pasos, las voces, el movimiento de la casa. Y eso que en la familia no se hablaba jamás en nuestra presencia de aquellas escenas 1úgubres; no recuerdo haber escuchado en tales conversaciones nada sobre la situación. Ese miedo que los niños teníamos era una enfermedad; preguntábamos en secreto qué había y se nos contestaba: ¡nada! Y entre nosotros. pequeños entonces, guardábamos silencio y mirábamos a los criados como si estuviésemos bajo sus garras: ¡les habíamos cobrado miedo, y eran sin embargo tan buenos!

A veces yo rogaba que no me acostasen temprano y quería estar cerca de mi padre, que fumaba mucho y siempre cigarros de hoja hechos en el país y que se vendían en la calle de San Martín, en una pequeña cigarrería de un italiano bajo, delgado, que tocaba el violín en la orquesta del teatro, cuando había compañías; yo lo conocía porque me había llamado la atención aquella figurita con un instrumento tan grande, cuando alguna vez le había Visto en el Teatro Argentino. En aquel mes no sé si funcionaban los teatros; si sé que no salíamos de noche porque éramos niños y siempre nos hacían acompañar por un criado o nuestros padres nos llevaban a la casa en que había un gran patio y allí jugábamos con otros niños corriendo y brincando. Pero en ese mes estábamos en reclusión.

En una de esas noches, la familia se hallaba reunida en la sala, en la cual no había luz. Por la gran puerta que daba al patio se recibía la luz del farol que lo alumbraba, y por la ventana de la calle, cuyos vidrios estaban abiertos, penetraba la vacilante luz del alumbrado público. Los muchachos estábamos sentados en las sillas como si nos hubieran puesto en penitencia: esperábamos la orden para acostarnos. No pasaba nadie por la calle. A las diez de la noche se nos llevó a dormir, después que se dio orden de cerrar la puerta de la calle. Nos sometimos a la orden y nos fuimos a la cama, después de haber comido cada uno medio pan.

No sé el tiempo que transcurrió; pero de repente golpes seguidos y violentos en el llamador de la puerta de calle pusieron en alarma a toda la familia; los muchachos nos despertamos sobresaltados y nos echamos fuera de la cama. En el aposento de mis padres estaban éstos ya en pie. Volvieron u aquellos golpes formidables y desesperados. ¿Qué hacer? Algo extraordinario sucedía cuando en aquella hora y en más noches se llamaba así a la puerta de la casa. No olvido el semblante de mi madre y de mis tías: mi padre estaba grave y de pie. Era preciso nube: quién o quiénes golpeaban; y en todo evento, convenía que mi padre no fuese visto. Los muchachos estábamos allí sin que nadie hiciera atención de nuestra presencia. Mi madre y una de mis tías resolvieron abrir la ventana de la sala que daba sobre la calle; estaba colocada en alto, muy elevada sobre el piso de la vereda y con formidables barrotes de fierro: la casa era antigua y de teja, hacía muy difícil una evasión por las azoteas, en caso que aquella fuera una visita de la “Sociedad Popular”.

Abrieron la ventana y lo recuerdo como si lo viera ahora mismo: una mujer con el cabello suelto, vestida de blanco o en paños menores, pidió que le abrieran, que acababan de sacar a su marido y ella corría desalentada, buscando asilo y protección para que la llevasen a casa de sus abuelos. ¡Qué cuadro! ¡No me rechacen, decía con una voz desgarradora. Esa dama era doña Mercedes del Sar de Terry. (…)

 

Víctor Gálvez (seudónimo de Vicente G. Quesada, Buenos Aires, 185o-1913). Historiador y político, padre del también historiador Ernesto Quesada, reservó el nombre de Víctor pum sus evocaciones de hechos y personajes de los que fue testigo, Memorias de un Viejo (Buenos Aires, Peuser, 1888). /// Intro: Carlos Allo

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