Lunes 22 de octubre de 2018  

La Buenos Aires de León

Jueves, septiembre 14, 2017
Por Redacción Diario 5
benaros

León Benarós

Estamos ante una de las piezas presentadas por Diario 5 por primera vez en internet. No se trata de ninguna jactancia de ningún miembro del equipo de edición, sino, más bien, de un alerta con preocupación acerca de lo poco publicadas que resultan las obras literarias de algunos escritores argentinos fundamentales y que ya deberían estar disponibles en cualquier web, para que cualquier usuario la encuentre al instante.

Así debe ser el efecto ante la búsqueda de cualquier información referida a la cultura argentina: “lo querés, lo tenés”. Desde este pequeño rincón, dedicado a cuestiones de la Reina del Plata se continuarán intercalando, entre la información, obras como la que presentamos, que enriquecen como pocas cosas valiosas. El ordenamiento de estas historias tendrá, muy pronto, novedades referidas a la forma en que pueden ser consultadas.

La colección de relatos porteños a cargo de las más grandes plumas de la Argentina sumadas a las crónicas propias de esta redacción nos está dejando una sensación de calidez cada vez que apelamos a nuestro archivo. Una perla ahora, nada menos que de León Benarós. El almacén del Burro Blanco es un pedacito del esplendoroso “Mirador de Buenos Aires”.

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El Almacén del Burro Blanco – León Benarós

Les estoy hablando de cuando, en este Buenos Aires, Cabildo era la calle de Las Piedras, digamos como para el 900, y más atrás también. Entonces el Bajo Belgrano era otra cosa. Tiempos de gente resuelta, si, señor, pero que también sabía divertirse con respeto. Entonces el inglés Kelly era hombre temido. En el “salón” de Blanco Encalada y Cabildo se podía bailar por cinco centavos la pieza. Una doña muy señorona andaba con la cartera, cobrando, y caracoleaba entre las chinas contratadas.

Como para ese tiempo empezó a tener mentas el Gurí Cantor. Para el Centenario, le improvisó a la Infanta Isabel y lo premiaron con una medalla. Cantaba aquellas cosas tan lindas de Betinoti, y caía al Café de Rosendo de Rosendo Drago que venía quedando en Mendoza y Blandengues. Allí se hacía ver ese Picabea, gran jugador de pelota; los Irusta, el indio Morales, Tomás Cisneros. Se armaban unas lindas exhibiciones de billar, y era un gusto oír a ese moreno tan señor que fue Gabino Ezeiza. El famoso improvisador de Saíudo a Paysandú, andaba siempre muy prolijo. Era hom bre discreto y nunca pasó el platít0, aunque alguno lo pasaba por él. No había tablados en aquella época, y todo era subir a una silla arriba de una mesa y ver a los parroquianos amontonarse alrededor del cantor.

En ese tiempo hasta el Estado Mayor del Ejército era gustoso de payadas y contrapuntos, y hay muchas fotos de gente importante como Don Joaquín V. González, retratándose con Betinoti, Cazón o Gabino. Ezeiza murió y ya canoso, seña de muchos años para un negro.

¡Era lindo ese Belgrano! Que lo diga si no don Julio Simón, que se acuerda de esos tan bonitos estilos que se cantaban antes, y de tantas otras cosas… Entre la gente más concertadora estaba Panchito el Billetero, que se aparecía a cada rato en los cafés con payadores de los buenos. También había taba.

Pero les quiero hablar del Almacén del Burro Blanco. No sé de dónde le salió el nombre. Estaba en la esquina de Echeverría y Miñones y le habían puesto afuera un letrero que lo nombraba. Tenía cara de almacén de campo. Daban comida no del todo mala, Y por cinco centavos le alargaban a usted un buen pedazo de pescado frito. En la esquina, un farol a querosén le mandaba más sombra que luz. El dueño era un tal Campos, “Campitos”. Allí se largaban a tomarse una cañita los areneros que llegaban al río a cargar sus carros, que luego iban a volcar al hipódromo a razón de cincuenta centavos per carga. Eran aquellos carros cortos de tres caballos: el tronquero y dos cadeneros. Tropas famosas de entonces las hubo, como la de Ferrari. Como les decía, allí iban al almacén gente de stud, jockeys, cuidadores y vareadores y también gente de dormírsele a un encordado. Se armaban unas payadas famosas. Ese José Betinotí sacaba unas trovas muy sentidas. Le gustaba entonarse con un buen trago de caña y no lo volteaba ni la servida en uno de esos vasos como para agua.

Broncas las hubo también en el Almacén del Burro Blanco, consecuencia, a veces, de esos partidos de bochas que se armaban en el patio grandote. Algunas fueron más sonadas que las que se armaban un día si y otro también en el conventillo de la negra Julia –Blanco Encalada entre 11 de Septiembre Y Arríbeños –o  en el conventillo de las Buenas Aguas, en Blandengues, al llegar a Nahuel Huapi.

Por allí tartamudeaba El Terrible, carrero airoso en su tiempo, rubión, alto y flaco, datero y amigo de andar armando camorra. Vestía con discreción el hombre, y estuvo preso pero nunca robó: cosas del genio. Hoy lo hay doblado los años si ya no ha muerto

El que se pegó un balazo fue el Gurí Cantor. Vino medio mal de Chile, resultado de sus andanzas entre el mujererïo. Cayó en una esquina, allá por Arribeños, bajo un farol a querosén. Lo velaron en el stud Rancagua, en Blandengues y Congreso. Muchachada toda aquélla por la cual prende aún, en el corazón de la porteñidad, la lucecita del recuerdo.

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León Benarós (Villa Mercedes-provincia de San Luis, 1915 Poeta (El rostro inmarcesíble, 1944), romancísta admirado por Neruda (Romancero argentino, 1959), crítico literario (sus estimulantes estudios sobre Eduardo Gutiérrez), escribe desde 1967 la sección “El desván de Clío” en la revista Todo es Historia, donde recrea episodios de la historia argentina y de la Vida porteña. “El Almacén del Burro Blanco” pertenece a su libro Mirador de Buenos Aires (Buenos Aires, Corregidor, 1991). Murió en agosto de 2012 a los 97 años

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