Martes 24 de abril de 2018    

Teatro Colón: A partir de Manon

Sábado, noviembre 12, 2011
Por Redacción Diario 5

La enorme experiencia y el buen gusto de Lidia Segni son la premisa para poner en marcha cualquier ballet de gran categoría, digamos el pináculo en su especialidad, en el teatro Colón. Así sucedió con esta Manon, bellísimo clásico de Jules Massenet con coreografía de Kenneth MacMillan. La tromba cargada de experiencia, sabiduría de baile y exquisitez es Karina Olmedo, quien encarnóla Manondel 9 de noviembre y la gracia a toda prueba de Natalia Pelayo la primera bailarina protagonista de la función del estreno del domingo 6.

Enrique Honorio Destaville se despacha en la sección comentarios del programa del teatro. dando su habitual cátedra, en este caso destacando a partir de Kenneth MacMillan la influencia de los grandes coreógrafos en Inglaterra.

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Por Enrique Honorio Destaville

Los aportes de los grandes coreógrafos británicos no han sido extraños al acervo del Ballet Estable del Teatro (olón, aunque esto no significa que hayan sido numerosos. Aparecen a mediados del siglo XX. El primero provino del excepcional talento de un creador que llegó a tratar en la escena de ballet situaciones tan difíciles como la de la mujer enamorada cuyo hombre flirtea peligrosa mente con su hermana, profundizando el ríspido tema con otras situaciones paralelas, de carácter dramático. Nos referimos a Anthony Tudor y a su obra Columna de Fuego (Pillar of Fire), interpretada aquí por figuras tan relevantes como Enrique Lommi, Esmeralda Agoglia, Beatriz Moscheni, y Carlos Schiaffino, entre otros. María Ruanova conocía la obra, pero su deseo de bailarla quedó frustrado al haberse retirado poco tiempo antes. La coreografía del creador revelaba su investigación, en su continuo fluir de movimiento, que parecía extraerlo desde lo más profundo de los personajes, nevados por la tensión interna de la misma interpretación, al intentar ocultar sus sentimientos frente a los demás. Era una auténtica muestra de su “ballet-teatro’; pero no contemplaba más que la actuación de un escaso grupo de integrantes de la compañía.

 

Británicos con pasión

Muchos años después, y cuando -a partir de 1984- el Ballet Estable incluía artistas tan brillantes como Julio Bocca, y otros prominentes, parte de la generación de notables bailarines argentinos surgidos en los años ’80 deseaba bailar obras de británicos como Kenneth MacMillan o Frederic Ashton. Era una manera de no desconocer que en el mundo del ballet había por entonces nuevos coreógrafos, quienes, desde primeros años de la década de 1950 daban muestras continuas de proficua actividad. Atrás había quedado Tudor, quien se había radicado en los Estados Unidos en estrecha vinculación con el American Ballet Theater. Otros nombres habían despuntado en el Reino Unido, aunque no todos fueran ingleses ni todos decidieran coreografiar en las grandes compañías de ballet de ese reino … Consagrado estaba ya Sir Frederick Ashton, quien había nacido en Guayaquil (Ecuador) y cumplió gran parte de su carrera coreográfica en el Royal Ballet yen la que lo precedió, el Sadlers’ Wells. A ellos proporcionó títulos tan destacados como Birthday Offering, Variaciones sinfónicas (obra conocida en nuestro medio gracias al bailarín lñaki Urlezaga quien la hizo reponer para su compañía Ballet Concierto), Monotones, A Month in the Country, Variaciones Enigma, Muerte en Venecia, Cinderella,La Fillemal gardée, para no citar más que algunas de esas obras. Todo un tesoro de extraordinarias creaciones. Justamente esta última de carácter cómico- fue repuesta en la escena del Colón logrando similar éxito al que obtuvo en el Viejo Continente. Ciertamente, la acción empleaba a gran parte de los integrantes del Ballet Estable. Pero una obra concitaba la euforia de nuestros balletómanos en materia de ballet británico. Y fue Romeo y Julieta de Prokofiev-Kenneth MacMillan la más requerida, desde que no sólo aportó las novedades coreográficas del creador MacMillan, discípulo de Tudor, nacido en Dunfermline en 1929, y prematuramente muerto en 1986. Su manera de ver la tragedia de Verona hizo de Romeo y Julieta un ballet excepcional, y las magistrales interpretaciones de Julio Bocca y Aiessandra Ferri lo hicieron inolvidable.

 

Orígenes de un grande

 

El nombre del joven MacMillan había aparecido en 1953 al crear para el Sadlers’ Welfs su ballet Danses Concertantes sobre música de quien ya era el más grande compositor para ballet del siglo XX: Igor Stravinsky. Con él, MacMillan acreditó sus dotes para la experimentación. Conocía a la perfección el lenguaje académico pero también sabía que su capacidad era susceptible de ser alterada e incluso dislocada. Su colega y amigo, John Cranko, también ensayaba nuevas pautas sobre las mismas bases. Prontamente partió hacia Stuttgart (Alemania Occidental) donde se hizo famoso como creador y director de la compañía residente en la ciudad. Fundados en los logros de la técnica trabajada por los soviéticos, como la acrobacia, y el dramatismo impreso a los pos de deux, Cranko y MacMillan laboraron con gran acierto sobre parejas de intérpretes. En los pos de deux de MacMillan, la bailarina -aún en sus movimientos más dramáticos-, danza casi siempre en brazos de su partenaire sin llegar siquiera a tocar el piso. MacMillan, satisfecho con el elenco de Sttutgart (encabezado por Marcia Haydée, con Cragun, Barra, Cardus, Keil, Madsen y Clauss), encontró muchas veces refugio en la compañía dirigida por Cranko, y fue para ese ballet que estrenó La canción dela Tierra, sobre música de Gustav Mahler. En 1961 y en oposición a la alegría y comicidad pícaras que se desprenden de La fifle mal gardée de Ashton, el coreógrafo produjo su dramática obraLa Invitación, e insistió en incluir una violación a la vista del público. Basó argumentalmente la trama en tres obras literarias, una de ellas, la muy conocidaLa Casadel Ángel, de la escritora argentina Beatriz Guido.

 

Con ese haber, con ese importante acervo llegó MacMillan al 7 de marzo de 1974, cuando estrenó en el ámbito del Royal Ballet en el Covent Garden de Londres, una de sus obras más importantes: La historia de Manon. En claro abandono de la concepción fokiniana, su ballet tiene tres actos en lugar de uno, lo de Fokin no había sido capricho: gestor de la modernidad, concentraba así el argumento impidiendo la dispersión. Justamente, el argumento literario se basaba en la obra homónima del Abate Prévost que tan bien describe la época previa ala Revolución Francesa, en la que vive Manon, seductora cortesana del ambiente parisiense de entonces, convertida en fugitiva y radicada enla Louisianaaún en poder de Francia. Cenagosa, húmeda, sus pantanos favorecían la reproducción de los mosquitos.

 

Manon Lescaut contraerá allí el paludismo … De esta mujer tan bella como cínica y atrayente, se ocupó oportunamente Guy de Maupassant, que manifestó que ‘Manon encarna todo lo que es más placentero, lo más atractivo, y lo más infame de la criatura femeninal Manon es enteramente, completamente mujer, como lo ha sido siempre, como ella lo es y como lo será siempre. No obstante su decisión de no concentrar el relato como lo preconizaba Fokin, estandarte dela Modernidadneoclásica, MacMillan diseñó el canevas coreográfico rico en pasos, y fluido en movimiento, con notorio alejamiento de cierta rigidez clásica. Evidentemente, ha elegido el neoclasicismo, observable -sobre todo- en la libertad de los brazos, en tanto se observan algunos trazos de corte expresionista, como presentación en el poblado con inmensos carretones, la suciedad acumulada y a atmósfera que domina y oscurece la jornada, en el inicio del ballet.

 

 


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